Cuando las cosas nos suelen ir bien, no reflexionamos, nos limitamos en el mejor de los casos a celebrar los triunfos y, en el peor de los casos, nos vamos acostumbrando y cada vez nos esforzamos menos.
Entonces, inevitablemente, algo rompe nuestras expectativas y entramos en crisis. En ese momento, es probable que también suframos (ya estamos pagando un precio vital por no haber reflexionado cuando tocaba) y tendremos la tentación de bloquearnos y cerrarnos en nosotros mismos.
El precio del aprendizaje ya lo hemos pagado en clave de sufrimiento. Ahora nos toca aprender del fracaso. Para ello, aunque no sea fácil, hay que separar las emociones negativas que nos llevan a encender la hoguera de los reproches y de la culpa, de la interiorización de la lección aprendida para que en el futuro nos ayude a ser mejores.
No creo que las personas que son triunfadores vitales lo sean porque nunca han fracasado. Lo son porque aprendieron de los fracasos.
Por eso, como educador, animo constantemente a arriesgar a la hora de aprender. Y si aparece el fracaso, no hay que detenerse en él. Más bien, se trata de aceptarlo y aprender de nuestros errores (siempre son nuestros...) rápidamente para seguir adelante, probablemente, hasta el próximo fracaso. Y, en ese camino de no dejar de caminar porque haya algo que no sale según lo esperado, creo que reside buena parte de la serenidad interior que ve los fracasos más como aprendizajes que como maldiciones.


