Empecemos con unas definiciones básicas. En general, se suele aceptar que la conciencia es la capacidad que tiene el ser humano para distinguir el bien del mal. En cambio la consciencia con s va más allá, porque interioriza, identifica el conocimiento con la persona. Con la consciencia, el conocimiento pasa de ser usado en tercera persona (como algo externo a mí) a primera persona (algo en lo que me implico). Por ejemplo, puede haber personas que sepan y consideren que fumar está mal, y, sin embargo, pueden continuar fumando. En este caso, hay conciencia de que eso está mal, pero no es suficiente para motivar un cambio de actitud. En otras palabras, por muchos argumentos racionales que tengan, no son capaces de actuar en coherencia con ellos. Este sería un caso de desarrollo de la conciencia.
En cambio, cuando una persona desarrolla la consciencia, interioriza emocionalmente el conocimiento y, entiende y siente que no debe fumar. Esta vivencia proporcionada por el conocimiento genera una experiencia que lleva a superar el obstáculo y, si no podemos con nuestros propios medios buscar a quién nos pueda ayudar.
Uno de los personajes históricos que ensalzó el nivel de la consciencia fue Sócrates. Para él, sólo quien era ignorante podía ser malo, ya que el conocimiento siempre tiene que llevarte a obrar bien. Obviamente, Sócrates (cuestión que no siempre se ha entendido adecuadamente) hablaba de comprender el conocimiento desde un nivel de consciencia y no meramente de conciencia.
Como resultará fácil de comprender, alcanzar un nivel destacable de consciencia es una tarea muy difícil. Pero, en ese camino de darnos cuenta de quiénes somos -o al menos nos lo planteamos-, podemos descubrir nuestros límites, bloqueos, errores y angustias. Simplemente saber cómo se encuentra cada uno, puede ayudar a llevar mejor los vaivenes de la vida y a comprender mejor nuestras respuestas.
Así, los aprendices de la consciencia al menos podemos aprender a qué o a quién podemos responsabilizar de nuestros estados emocionales. Y ese, sin duda es el primer paso para superarse. En otras palabras, para tener posibilidades para vencer nuestro problemas lo primero es saber cuál es el problema. Y, quizás más importante, al tener la apertura de dejarnos impreganar por el conocimiento liberador, tenemos que bajar la guardia de nuestros prejuicios y bloqueos. Así podemos reconocer la verdad de cómo somos. De este modo, tenemos una oportunidad para desarrollar la fuerza de voluntad necesaria para que, a partir de la interiorización, generemos un cambio significativo en nuestras vidas.
Así, convivir con nosotros mismos sabiendo en qué aspectos podemos mejorar, nos ayudará a dejar atrás la ignorancia vital que nos puede llevar a perder las oportunidades para desarrollarnos. De ahí la importancia de apostar por la consciencia.
