He estado pensando y profundizando estos días y, creo que con el título, ya está dicho todo. Las excusas por definición son parches cobardes de miedos diversos. Ya no hay más que añadir, pero, vamos a procurar complementarlo.
Las excusas nos ponen al borde de un abismo inexistente. La dicotomía está servida y la frustración también. Por un lado, queremos que el mundo, lo que no soy yo, sea un fiel reflejo de nuestra voluntad, como no lo conseguiremos, emergen los icebergs de las excusas.
Nuestra mente genera proyectos e ilusiones sin tiempo, condenados al fracaso más pronto que tarde, y, no cumplirlo genera un prisma de enfados y enojos hacia afuera, y de soledad y tristeza hacia dentro... Ya estamos derrotados.
Importa mucho enfadarse para no agradecer. La ira son los nubarrones que tapa el sol de la concordia. La mente también busca aislarse y hundirse, así, no aspiramos a nada, sólo a resignación. La mente, cuanto más cae, a más aspira y menos acepta.
Y, entonces, empieza la letanía de las excusas. Hay de todos los colores y sabores. Todas pretenden seguir generando tensión, arrepentimiento... ensalzar nuestro ciego fariseísmo para envenenar nuestra convivencia... cayendo en el pozo, seguimos cavando.
Hasta aquí, hemos explorado el primer camino de la dicotomía, pero hay otro. Probablemente, seguido por grandes maestros y maestras de la vida. En lugar de estrellarnos ajustando el mundo a nuestra voluntad, se trata de derrotar-nos. La viceversa.
Limitemos nuestra voluntad y emociones. Dejemos a un lado el "yo quiero", "tuya es la culpa", "él/ella no me apoyan", "nosotros somos caóticos", "vosotros el enemigo a batir" y "ellos/ellas los ignorantes que no saben que lo son"... haciendo esto, me vacío de mí mismo.
No exijamos nuestras proyecciones. Dejemos ¡ya! nuestras excusas. Simplemente y complejamente es quitar las piedras del dique para que el agua fluya. Ya no buscaré cambiar, SÓLO SER YO, más centrado, más sereno, más entero, más...
