martes, 28 de marzo de 2017

¿Hemos olvidado la virtud? por Miguel Llofríu Terrasa


Decía Séneca que la virtud se marchita si no tiene adversario. Por eso, según él a los virtuosos nunca les podía pasar nada malo, aunque lo pareciera. A ojos de los demás, podían parecer desgracias o adversidades, sin embargo, la virtud siempre se podía sobreponer a la tragedia. De este modo, Séneca interpretaba que lo negativo era una ocasión para poner a prueba la virtud. Así, resultaba fortalecida porque desde el sufrimiento se puede aprender y construir una identidad acorde a nuestros valores. 
La virtud, para la mayoría de los autores clásicos, consistía en incorporar aquellos hábitos o costumbres que se consideraban adecuados para una vida buena. Aquell@s que lo lograban de una manera continuada y en toda (o casi toda) circunstancia se consideraban virtuos@s y se constituían en ejemplo. En la búsqueda de la virtud se aunaba el potencial teórico (saber qué hacer, cómo comportarse) y el práctico (desarrollar las competencias para vivir y no solo decir). 
Consecuentemente, no es tan importante qué logras en la vida sino más bien como lo obtienes. Lo mismo podríamos decir en la clave inversa: no es tan importante en qué fracasas sino cómo has caído.
Ese espíritu de superación constante, de autoconstruir un estado de ánimo que todo lo puede y que intenta integrar todo lo ocurrido dentro de un sentido coherente, choca diametralmente con nuestra progreso cultural basado en la comodidad.
Los avances tecnológicos tienen el denominador común de hacernos la vida más cómoda, de huir del sufrimiento, de procurar el máximo placer posible... Esta cosmovisión cultural nos lleva a entender los esfuerzos como algo negativo, y a despreciar todo lo que no aporte directamente bienestar individual. Obviamente, estamos hablando de una estructura social, no todos nos identificamos con esas nociones, pero sí que todos estamos en el mismo contexto.
La comodidad es un gran ideal de la naturaleza humana, aspiramos a descansar y a pasarlo bien. Pero, como todo, debe tener sus sanos límites. Demasiada comodidad nos puede hacer perder oportunidades y bloquear nuestro potencial. Y, eso nos debilita vitalmente, llegando al extremo de que pequeños problemas para las personas fuertes vitalmente son dramas para las personas que no se han entrenado por abusar de la comodidad.
En conclusión creo que hay que tener espacios y tiempos de comodidad, pero sabiendo que nos conviene ejercitar la virtud, buscar lo mejor, esforzarnos por desarrollar nuestras dimensiones... salir de nuestra zona de confort, pero no a la "aventura" sino a empoderarnos. Sin duda, un exceso de comodidad o de ocio ahoga las posibilidades de desarrollarnos con y a través de la virtud.




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