viernes, 2 de noviembre de 2018

¿Adelgazar es saludable? Por Miguel LLofríu Terrasa

Hoy en día en nuestras sociedades opulentas, la sobreabundancia de recursos y opciones nos ha deparado un nuevo escenario en cuanto a salud se refiere.

Si nos dejamos llevar por las ofertas que nos presenta nuestro entorno, lo más probable es que en un breve plazo de tiempo tengamos sobrepeso y acumulemos probabilidades para desarrollar algún tipo de enfermedad. Comemos en mucha cantidad, seguramente con poca calidad y con bastante azúcar sin darnos cuenta.

Todo ello lleva aparejado una merma en nuestra salud y nuestra energía vital que se puede combatir consumiendo más productos o bien empezar a desarrollar autocontrol y buscar nuevas alternativas.

Además de los problemas de salud, el sobrepeso también se ha vinculado la estética. Socialmente, quién no puede seguir el estándar tiende a tener menos reconocimiento social. En el mundo de la moda, aunque han habido voces en contra, los estereotipos rompen con el común de la sociedad y se nos presentan como personas por debajo de su peso ideal.

Así pues, por un lado tenemos toda una gama de oferta para nuestra nutrición barata y antisaludable y por otra la necesidad de adelgazar para aparentar delante de los demás en busca del reconocimiento social (por mucho que se diga que se hace para sentirnos bien). Resultado: batallas y batallas internas en clave de dietas que van generando frustración tras frustración.

A mi juicio, estamos confundiendo cada vez más delgadez con salud. Una persona puede estar delgada y, sin embargo, tener enfermedades o síntomas peligrosos e salud. Por otro lado, una persona puede estar delgada porque tiene un metabolismo acelerado o porque su genética le condiciona a ello y no ser el paradigma de virtudes como la moderación o el autocontrol.

Consecuentemente, un buen aspecto físico debería ser la consecuencia de llevar unos hábitos nutricionales saludables. En otras palabras, el aspecto físico, debería venir por añadidura por hacer bien las cosas. No es suficiente con aparentar, la imagen debe responder a una sana realidad y no ser pura fachada.

Esta confusión origina que confundamos el fin con el medio. Adelgazar es un medio para un fin que debe ser la salud. Y, si la opción escogida para adelgazar no reporta salud, entonces, al tratarse de un mal camino, obviamente, deberíamos optar por otra manera. También tenemos que tener en cuenta que el estándar social sólo garantiza una "apariencia" aceptada, nada más. 

En definitiva, una vez más, es importante hacer una reflexión interna para "purificar"nuestras intenciones y, a partir de la motivación adecuada, ser valientes para llevar a cabo nuestras decisiones. 






viernes, 28 de septiembre de 2018

El suspenso del sistema educativo. Por Miguel Llofríu Terrasa


Nuestro sistema educativo suspende. Para darle esta calificación, no me fijo en los números de fracaso escolar o del porcentaje de alumnos que promocionan a próximos cursos... Mi principal indicador es (mi percepción de) la falta de ilusión por acudir a los centros educativos. 

Me parece que hacemos muy mal las cosas si estudiar se convierte en sinónimo del protocolo para aprobar y no del camino para aprender. Creo que enfocamos el sistema para obtener ciertas notas y no para lograr ciertos "gustos". Hemos perdido el gusto por estudiar, por aprender cosas nuevas, por enfrentarnos a enigmas que podemos superar desde el conocimiento, y, por desarrollar una personalidad que se atreve con retos nuevos (que no ha memorizado previamente)

El sistema actual considera que el epicentro de la nota debe situarse en el examen. Pero, ¿de qué sirven los exámenes tal y como se suelen plantear? Si funcionaran como se pretende, es decir, si se aprendiera realmente, deberíamos poder poner los mimos exámenes quince días después sin "avisar". De este modo podríamos ver lo que realmente se ha aprendido y, supuestamente, las respuestas deberían ser similares o mejores ¿Cuántos exámenes superarían ese test? ¿Se volvería a obtener la misma cualificación o superior? Mi respuesta es un rotundo no. Y no lo digo sólo desde mi experiencia, es una posición que he ido elaborando a través de los diálogos con con alumnos y alumnas, familias, docentes (algunos de ellos grades defensores de los exámenes). Si es cierto que los exámenes no son la mejor vía para aprender, ¿de que sirven, más allá de generar estrés? 

Tenemos que preparar a nuestros alumnos y alumnas para que, entre otras cosas, puedan superar a un ordenador, un robot o una inteligencia artificial. Consecuentemente, basar buena parte de la educación en la memorística del dato sin sentido es una la batalla perdida. Cualquier buscador puede recabar más información que nuestra capacidad de memorizar... ¿por qué seguir por ese infertil camino? En cambio, a la hora de comprender los datos, de relacionarlos, de integrarlos en una unidad significativa, ahí si que podemos tener un amplio espacio motivador y diferenciador.  ¿Por qué no nos enfocamos a lo último? Contemos con la ayuda de la tecnología para adquirir datos, pero luego hay que procesarlos desde un enfoque creativo,  por ende humano, que desarrolle nuestras competencias. 

Deberíamos pensar más en el mundo en el que van a tener que demostrar su valía nuestros educandos y menos en las notas. A partir de lo que van a necesitar tanto en futuro como en el presente deberíamos enfocar en buena medida el desarrollo de nuestra metodologías. 

Y, por lo que respecta a los contenidos, habría también que hacer una seria reflexión, pues, ahora mismo, desde tercero de primaria, hay materias que repiten cada curso o cada dos cursos lo mismo y un poco más. Probablemente, eso no funciona, entre otras cosas, porque aburre siempre ver lo mismo. Pongo por ejemplo las normas de acentuación. Se repiten constantemente cada curso. Los alumnos las saben de memoria y, sin embargo, eso no supone una mejora necesaria a la hora de reducir el número de faltas. 

En definitiva, necesitamos cambiar, hay que desarrollar nuevas interacciones con los alumnos y alumnas, adecuar los contenidos y la metodología desde la innovación y teniendo como finalidad que ellos y ellas sean los protagonistas de su propia vida.

martes, 28 de agosto de 2018

¿Progresamos? Por Miguel Llofríu Terrasa

Por norma general, tendemos a asociar progreso con mejora, es decir, progresar es positivo. Sin embargo, puede haber ocasiones en las que ese pre-juicio no sea correcto. Al hablar de progreso, presuponemos que cualquier cambio novedoso conllevará la generación de valor. 

Y este presupuesto, confunde la causa con la consecuencia. Dicho de otro modo, efectivamente, un cambio es un progreso después que se ha incorporado de manera adecuada y favorece el desarrollo de las personas. Si sólo ofrece un cambio pero no aporta mejores atributos que la situación anterior, entonces, no podemos hablar de progreso, sino de novedad. 

Además, también es pertinente aplicar el concepto de prudencia y tener visión de futuro, ya que, obviamente, algo que puede ser positivo (progreso) a la corta se puede tornar en retroceso a la larga. 

Otra cuestión a tener en cuenta es que solemos quedarnos con la parte positiva de los cambios y, sin embargo, solemos preguntar poco por sus costes, externalidades o consecuencias indirectas. Al caer en este error, con el tiempo se generarán problemáticas que requerirán de nuevos cambios.

Pero, sin duda, el gran debate en torno a esta cuestión, se centra en la asincronía de progreso en una misma sociedad. Nuestra sociedad se jacta de sus progresos tecnológicos. Si analizamos el nivel tecnológico que teníamos hace 200 años o incluso lo comparamos con otras sociedades actuales podemos constatar que ahora tenemos más opciones, más cómodas y más eficaces. Sin embargo, ¿podemos afirmar que nuestro progreso ético está a la altura de nuestro progreso tecnológico?

A mi juicio, la respuesta es un no rotundo. Hemos progresado a nivel social y ético pero relativamente poco en comparación al gran avance tecnológico. Si hubieramos ido avanzando a la par, desde mi perspectiva, algunos cambios no se habrían consolidado tan fácilmente en nuestros estilos de vida, porque habríamos sido más críticos. Y, por otro lado, también podríamos haber encajado mejor algunos cambios evitando que generaran nuevos problemas. 

Si seguimos con esta dinámica, habrá que estar alerta a la manipulación que se puede esconder detrás de algunos cambios. Quizás, el progreso ético basado en el pensamiento crítico sea el filtro que necesitamos para que, efectivamente, los cambios nos lleven a progresar y no a decaer bajo una falsa apariencia de cambios atractivos, cuya finalidad no es el desarrollo personal, sino justo lo contrario, acrecentar las cadenas manipulativas tecnológicas para ser cada vez menos libres y más dependientes. 

sábado, 28 de julio de 2018

¿Tan importante son las formas en el diálogo? Por Miguel LLofríu Terrasa

Aunque pueda resultar extraño a primera vista, en ocasiones por las formas podemos perder la razón. Inicialmente, se podría pensar que una cosa no tiene nada que ver con la otra, es decir, el contenido de lo que decimos es independiente de la manera en que lo decimos. 

Sin embargo, muchas veces al usar formas inadecuadas, podemos bloquear a nuestro receptores y entonces el contenido no llega a comprenderse. Si la otra persona se siente amenazada de algún modo e incluso solamente incómoda, lo más probable es que emocionalmente se genere un rechazo a los mensajes que le llegan por muy "correctos" que sean. En otras palabras, al adoptar un mecanismo de defensa, se construye una "fortaleza" que protege de todo lo externo, siendo muy difícil poder discriminar lo adecuado de lo que no.

Para evitar que se activen las defensas emocionales de modo equívoco -siempre que la intención del emisor sea positiva-, hay que cuidar las formas. Esto supone expresarse en tonos amables, ser respetuosos con los otros puntos de vista, procurar empatizar y, por encima de todo, hacer buenas preguntas que vayan guiando a la persona con la que dialogamos. 

¿Qué perdemos cuando la conversación abandona el territorio de la calma? A medida que los ánimos se van enalteciendo, que la conversación deja de centrarse en argumentos y muchísimo más en las presiones emocionales, en no dejar hablar al otro, etc. en ese instante, ya no estamos bucando la verdad sino ganar (o no perder) a cualquier precio. 

Por eso, si se empiezan a detectar los síntomas que nos alejan de las buena formas, creo que es muy sano ser valiente y hacer un alto en la conversación, o incluso en posponerla, porque de este modo, al menos, no habrá consecuencias negativas que nos impedirán tanto seguir la conversación, como mantener la convivencia. 

Así pues, por muy convencidos que estemos de lo que queremos transmitir, siempre hay que procurar ser exquisitos con las formas y no tener prisa en llegar a conclusiones.

Sin duda, cuanto mejor seamos capaces de mantener el autocontrol en el diálogo y reclamarlo a quienes quieren buscar la verdad, mucho más nos aproximaremos a ésta y comprenderemos mejor los planteamientos que difieren de los nuestros, llegando incluso al gran horizonte de aprender unos de otros. 

jueves, 28 de junio de 2018

¿Qué nos puede aportar la consciencia con "s"? Por Miguel Llofríu Terrasa

Empecemos con unas definiciones básicas. En general, se suele aceptar que la conciencia es la capacidad que tiene el ser humano para distinguir el bien del mal. En cambio la consciencia con s va más allá, porque interioriza, identifica el conocimiento con la persona. Con la consciencia, el conocimiento pasa de ser usado en tercera persona (como algo externo a mí) a primera persona (algo en lo que me implico). Por ejemplo, puede haber personas que sepan y consideren que fumar está mal, y, sin embargo, pueden continuar fumando. En este caso, hay conciencia de que eso está mal, pero no es suficiente para motivar un cambio de actitud. En otras palabras, por muchos argumentos racionales que tengan, no son capaces de actuar en coherencia con ellos. Este sería un caso de desarrollo de la conciencia.

En cambio, cuando una persona desarrolla la consciencia, interioriza emocionalmente el conocimiento y, entiende y siente que no debe fumar. Esta vivencia proporcionada por el conocimiento genera una experiencia que lleva a superar el obstáculo y, si no podemos con nuestros propios medios buscar a quién nos pueda ayudar. 

Uno de los personajes históricos que ensalzó el nivel de la consciencia fue Sócrates. Para él, sólo quien era ignorante podía ser malo, ya que el conocimiento siempre tiene que llevarte a obrar bien. Obviamente, Sócrates (cuestión que no siempre se ha entendido adecuadamente) hablaba de comprender el conocimiento desde un nivel de consciencia y no meramente de conciencia.

Como resultará fácil de comprender, alcanzar un nivel destacable de consciencia es una tarea muy difícil. Pero, en ese camino de darnos cuenta de quiénes somos -o al menos nos lo planteamos-, podemos descubrir nuestros límites, bloqueos, errores y angustias. Simplemente saber cómo se encuentra cada uno, puede ayudar a llevar mejor los vaivenes de la vida y a comprender mejor nuestras respuestas. 

Así, los aprendices de la consciencia al menos podemos aprender a qué o a quién podemos responsabilizar de nuestros estados emocionales. Y ese, sin duda es el primer paso para superarse. En otras palabras, para tener posibilidades para vencer nuestro problemas lo primero es saber cuál es el problema. Y, quizás más importante, al tener la apertura de dejarnos impreganar por el conocimiento liberador, tenemos que bajar la guardia de nuestros prejuicios y bloqueos. Así podemos reconocer la verdad de cómo somos. De este modo, tenemos una oportunidad para desarrollar la fuerza de voluntad necesaria para que, a partir de la interiorización, generemos un cambio significativo en nuestras vidas.  

Así, convivir con nosotros mismos sabiendo en qué aspectos podemos mejorar, nos ayudará a dejar atrás la ignorancia vital que nos puede llevar a perder las oportunidades para desarrollarnos. De ahí la importancia de apostar por la consciencia. 

lunes, 28 de mayo de 2018

¿La coherencia nos lleva a la soledad? Por Miguel Llofríu Terrasa



Siempre he tenido la convicción de que esforzarse por ser coherente conlleva, en algún momento, la soledad. Ser coherente con principios y valores que puedes explicar y defender generará en algún momento conflicto y, seguir siendo coherente con valores éticos (aquellos que se pueden universalizar y se pueden razonar) genera que ciertas gentes al ver que no te “vendes” te intenten “bloquear” o “ignorar”. Esa es una soledad que siempre estoy dispuesto a soportar, porque su alternativa consiste en renunciar a tus convicciones por algún tipo de favor o interés cortoplacista.

Sin embargo, en una gran conversación-encuentro-experiencia con mi gran amigo Bartolomé, éste me dio otra perspectiva. Me convenció que ocurre justamente lo contrario. Ser coherente y mostrarte tal y como eres hace que seas valorado y que muchas personas te tengan por alguien de confianza. Eso supondrá, al cabo de tiempo, que cuando te reencuentras con aquellas personas que trataste con coherencia, te otorguen un cierto reconocimiento, especialmente, que se les “ilumine” el rostro cuando te ven y -en un mundo tan rápido- son capaces de dedicarte un tiempo a saludarte.

Y aquellos que son incoherentes y se venden, o te venden, han puesto su identidad en el interés egoísta. Cuando con el paso del tiempo, lo que ofrecen ya no resulta "conveniente" o ya no tienen nada para "comprarte", ¿quién los saluda? Se han acostumbrado tanto a que los demás revoloten a su alrededor por lo que les pueden dar, que cuando no tienen nada que dar o ya no es interesante, se dan cuenta, de que en el fondo, siempre han estado solos.

Aunque los “manipuladores” jueguen a hacer el vacío para que te sientas mal por no estar en su “club”, en el corazón, llevo a muchísima gente.  Ciertamente, no camino solo, no hay soledad, hay momentos de silencio, de un silencio constructivo porque no sigues la corriente envenenada. La única soledad que indica que debes cambiar en tu vida es la soledad del corazón. El resto, son apariencias, ya que lo esencial está bien y te motiva para seguir esforzándote por ser coherente dentro de tus posibilidades.



jueves, 3 de mayo de 2018

Cuando el tren de la vida se va... ¿qué podemos hacer? Por Miguel Llofríu Terrasa


Los trenes en la vida son oportunidades que nos esperan durante poco tiempo. Ellos son las grandes ocasiones que nos pueden abrir nuevas posibilidades. En ocasiones, son cruciales. Si dejas pasar el tren, si no te subes a él cuando es el momento, quizás ya no lo puedas volver a coger en toda tu vida.

Subir al tren significa tener la certeza de que estamos yendo por un buen camino. Al menos, uno que deseamos y consideramos que nos puede llevar a estaciones que nos aportarán  mucho.

Sin embargo, todo lo maravilloso que son los trenes en la vida, también nos llevan a la sensación de vacío cuando por haber dudado demasiado no hemos subido a tiempo. Cuando aparece esa angustia, constatamos demasiado tarde que nos hubiera gustado ir en ese tren, que era el nuestro... pero ahora es demasiado tarde.

Quizás el tren empieza a marchar cuando estamos algo alicaidos o tristes. Quizás no tengamos las fuerzas o las ganas. Quizás no hemos tenido el apoyo de alguien que nos quiere... en fin, sea como fuere el tema es que nosotros mismos no hemos sido capaces de subir al tren.

Cuando ya se ha ido, entonces desde el silencio de la estación de la vida, nos damos cuenta que por no haber tenido la iniciativa, de alǵun modo, nos vamos a perjudicar.

Pero desde el asiento en el que nos hemos quedado en la estación, y ante las vías, ahora vacías, lo último que tenemos que  hacer es lamentarnos y bloquearnos. Si anhelamos haber tenido iniciativa, precisamente, debemos construir la actitud que nos ha faltado. Esa es una de las maneras de dar sentido a la gran oportunidad perdida.

Ya que no podemos ir detrás del tren, al menos eso nos tiene que servir para estar atentos y, como un ave fénix, regenerarnos. Nuestra nueva actitud, quizás nos lleve en un futuro a otras grandes oportunidades o quizás no. Pero, al menos, en lugar de estar quejándonos por lo que hemos perdido, estaremos atentos para alcanzar lo que podemos. 


miércoles, 28 de marzo de 2018

¿Ilusiones o sorpresas? Por Miguel Llofríu Terrasa

No cabe duda que ilusionarse con algo es un gran motor para nuestra motivación vital. Al construir una ilusión, no sólo estamos diseñando cómo nos gustaría que fuera un futuro concreto, sino que añadimos cómo nos queremos sentir ante las expectativas que nos estamos creando.

Así pues, la ilusión nos puede ayudar a soportar los problemas del presente, y nos da las fuerzas para construir un futuro deseable. Sin embargo, no es suficiente con tener una ilusión para que esta se lleve a cabo. Muchos proyectos ilusionantes llevan consigo algún tipo de plazo temporal, y, si no se realizan en determinadas fechas o en determinadas circunstancias, entonces, la ilusión se torna en frustración.

Esto nos lleva a la siguiente cuestión: ¿qué ocurre cuando llevamos una racha de ilusiones frustradas o bien no contamos con las circunstancias/condiciones adecuadas para poder llevar a cabo las ilusiones? Ante este vacío, como plan B, podemos recurrir a la sorpresa.

La diferencia básica entre la sorpresa y la ilusión se centra en la intencionalidad. Así, en el caso de que nos ocurra algo positivo en un futuro; si eso responde a la expectativa de la ilusión, la satisfacción ha tenido lugar tanto en el futuro como en el camino para llegar a él. En cambio, si el futuro agradable no ha estado en ningún modo planificado, nos encontraremos con una sorpresa. A todas luces, también nos proporcionará satisfacción pero, obviamente, sólo en el momento en que acaece y tenemos dicha experiencia.

Por su parte, la ventaja de estar abiertos a las sorpresas es que nos evita tener frustraciones que puedan mermar en un futuro nuestra capacidad para ilusionarnos.

La apertura a las sorpresas positivas y constructivas de la vida nos lleva a buscar motivos, incluso en lo más cotidiano para estar agradecidos y disfrutar de la vida. La propuesta es estar muy receptivo para que al mínimo indicio de algo agradable que nos sucede o hemos podido construir en poco tiempo, tengamos motivos de celebración. Así podeos alcanzar un estado de ánimo en el que estamos y nos sentimos agradecidos por el equilibrio entre lo que nos toca vivir y lo que conseguimos vivir.

Así pues, para quien pueda, que apueste por las ilusiones energizantes y recargante para optar por un vida con un gran dosis de emociones sanamente desafiantes. Pero, en caso de no poder temporalmente construir ilusiones, entonces la apertura a la sorpresa puede colaborar en mantener un buen nivel de alegría vital hasta que podamos volver a gestar las sanas ilusiones.

miércoles, 28 de febrero de 2018

¿Qué hay más allá de la zona de confort? Por Miguel Llofríu Terrasa


Por zona de confort entendemos aquellas costumbres, creencias y rutinas que hemos interiorizado y, que de algún modo, forman parte de nuestra identidad. Podríamos decir que constituye nuestras fronteras que conforman nuestra percepción de lo que es posible hacer. El problema es que el nombre de confort podría indicar que se trata de algo cómodo, cuando realmente lo que designa es  aquello a lo que nos hemos acomodado. Por ejemplo, un estudiante que acepta los acosos de sus compañeros y no hace nada por solucionarlo, llegando incluso a normalizarlo, estaría en su zona de confort.

Así pues, permanecer siempre en nuestra zona de confort supone, al menos, dos limitaciones. La primera, como hemos visto en el ejemplo anterior, nos llevaría a vivir dentro de unas costumbres limitantes y limitadoras, es decir, vemos como normales las diferentes esclavitudes a las que nos podemos ver sometidos.
La segunda, haría referencia al coste de oportunidad. Aunque nuestra zona de confort no sea esencialmente negativa y limite nuestro desarrollo humano, puede ser que bloquee acceder a nuevas oportunidades gratificantes de crecimiento.

De ahí que los expertos recomienden salir de la zona de confort para aventurarse a lo que se suele denominar la zona de aprendizaje. Ésta consiste en probar, en experimentar cosas nuevas. No hace falta recalcar que esto no es una invitación a hacer locuras o a no tener ningún tipo de autocontrol. Esa sería una burda caricatura de lo que se está proponiendo. La idea es tener apertura hacia experiencias que sean significativas para nosotros, pero, que hasta ahora no las hemos realizado por algún motivo, y, nos hemos ido recluyendo paulatinamente en nuestra zona de confort. La invitación, siempre desde la prudencia, es atreverse a caminar gradualmente hacia nuestros sueños, ilusiones y curiosidades.

Aunque en la mayoría de las ocasiones, la expedición a nuestra zona de aprendizaje nos aportará grandes satisfacciones, no siempre tiene que resultar alentadora. Aún en esos caso, el hecho de confirmar un camino que no es el nuestro es más positivo que siempre estar recluido en nuestras seguridades ficticias.

Una zona de aprendizaje bien gestionada nos ayudará a tener apertura ante lo nuevo y a mejorar nuestra capacidad de adaptación ante lo que nos depare la vida.De este modo, evitaremos convertirnos en trolls que vigilan el puente hacia la felicidad, impidiendo acceder a las grandes oportunidades que van floreciendo a nuestro alrededor, pero que nos perdemos por no salir a buscarlas.

domingo, 28 de enero de 2018

¿Es deseable superar la obstinación? Dos propuestas desde la experiencia. Por Miguel Llofríu Terrasa


Esta entrada surge a raíz de lo mucho que he aprendido en el podcast del programa apuntes de sabiduría (http://www.rtve.es/alacarta/audios/apuntes-de-sabiduria/apuntes-sabiduria-obstinacion-24-10-17/4268999/) Personalmente, me ha ayudado a comprender porque la obstinación es uno de los principales obstáculos para el desarrollo personal.

En el citado programa, se comenta que la obstinación consiste en seguir persistiendo en las ideas o acciones propias aún cuando se presentan argumentos razonables y sólidos en otra dirección. Así, la persona obstinada por un lado no explica porqué hace las cosas, ni comparte sus creencias. Más bien, construye un muro a su alrededor para que ninguna influencia externa la pueda afectar. De este modo, como podemos apreciar, la obstinación se podría entender como el antónimo del diálogo. Consecuentemente, la obstinación genera -al menos- los siguientes problemas: 
  • Bloquea la apertura a la crítica sana y constructiva, 
  • Nunca acepta que podemos estar equivocados, 
  • No reconoce nuestros bloqueos emocionales 
  • Da la culpa de todo a las circunstancias. 
Visto así, parece que la obstinación no sea deseable. Es más, probablemente la mayoría pensaremos que no somos de ese modo. Sin embargo, creo que es sano asumir el principio de dudar de nosotros mismos para salir de nuestra zona de confort. En otras palabras, lo más probable es que todos tengamos algún grado de obstinación o que en algún momento podamos caer en ella, incluso sin darnos cuenta. De ahí, la invitación a reflexionar sobre nuestro comportamiento para ver si refleja algo de lo dicho anteriormente. 

Desde mi perspectiva, creo que la obstinación puede emerger al contrastar nuestras ideas, convicciones, creencias... en definitiva nuestro modo de valorar la vida con la de otros. 

Por mi experiencia, creo que muchas veces son los problemas de comunicación los que hacen que caigamos en la obstinación. Quizás hay personas que no comprenden otros puntos de vista o que no son capaces de expresar adecuadamente los suyos. Esto hace que intuyan internamente que tienen la razón y no la piensan ceder porque no se sienten comprendidos. Así, aunque se les presenten nuevas opciones, sencillamente no se ven porque se esta mirando en otra dirección. 

De ahí que el mejor antídoto contra este veneno que genera peleas, disputas y aislamiento, sea la humildad. El punto de partida para el diálogo es reconocer que puedo estar equivocado. Al menos, partir de la premisa de que estoy convencido de lo mío hasta que se me muestre o demuestre lo contrario. Hay que abrir una ventana en nuestros muros de certeza para que pueda entrar otro aire, otro sol, otros enfoques. 

El segundo antídoto que propongo es darnos tiempo. En nuestra sociedad de la velocidad y de la prisa, todo tiene que resolverse inmediatamente. ¿Por qué?  ¿Qué problema hay en mantener divergencias durante un tiempo? ¿No podemos ir escuchándonos progresivamente para comprender y ser comprendidos? Así como observo que hacemos las cosas, hay mucha intensidad a la hora de debatir cuestiones en las que hay divergencia. Además, todo tiene que resolverse en el momento en que surge la polémica. Esa presión, no es buena para fomentar el diálogo y provoca la aparición de la obstinación. Si la labor de desarrollarnos como personas requiere tiempo y maduración, también deberíamos conceder ese derecho a la hora de interactuar con otros. Creo que reduciríamos nuestro nivel de obstinación si estuviéramos más relajados sabiendo que no hay que tomar las decisiones en el momento en el que estamos hablando. 

En conclusión, es muy recomendable reducir la obstinación y para ello, lo primero, como siempre, es ser conscientes de ese problema. En segundo lugar, cada cuál deberá desarrollar sus habilidades y estrategias para minimizarla. En este sentido, quizás la humildad y darse tiempo puedan colaborar. Por último, añadir que realmente tenemos que querer mejorar la convivencia con los demás, y, para ello, minimizar nuestro grado de obstinación es un buen punto de partida.